Consuegra La mancha Amarguillo Travelsketcher Urbansketcher Acuarela

De pequeña, muchos de mis veranos, todos en verdad, han transcurrido en un pueblo de Toledo. Un pueblo grande y tranquilo que ha sido mi mundo de juegos en la infancia y es ahora mi refugio. En ese pueblo hay un río, el Amarguillo, que se desbordó de forma terrible el 11 de septiembre de 1891 causando cientos de víctimas y un antes y un después en la vida de Consuegra.

Con el tiempo, el caudal del Amarguillo ha ido variando y en verano, siempre seco, quedan de él los muros de piedra que lo contienen y los puentes de hierro que lo cruzan. Sin embargo, aun sin agua, para las gentes del pueblo el río siempre ha estado ahí. Mis tíos y mis primos, a los que adoro, viven al otro lado del río, el mercado semanal de Consuegra se plantaba (y se planta) en el río y la iglesia de San Juan está junto al río. Me fascinaba la capacidad que tenía todo el mundo de hablar un río que, por lo visto, todos veían menos yo.

Aun así, por no llevar la contraria, yo también jugaba en el río. Cada día esperaba ansiosa la hora de la siesta; no para dormir, claro. Eran los mayores quienes dormían y los niños salíamos a la calle con el río para nosotros solos. Aquello era lo mejor del verano. El pueblo quedaba desierto de adultos (en agosto, en Toledo y al mediodía, cualquiera con un mínimo de sentido común que quiera sobrevivir busca la sombra) y los pequeños nos apoderábamos del río para sentirnos dueños del pueblo y del mundo. Allí he jugado a todo lo imaginable, he compartido confidencias de niña y he manchado la ropa hasta tal punto que, por fin, mi madre desistió de verme con vestidos en verano. Las princesas no conquistan los ríos y yo, a la hora de la siesta, tenía una misión.

Ahora, años después, cada vez que regreso al pueblo de mi infancia pasa algo sorprendente. Ahora sí que veo el río. Debe ser lo único que mi imaginación ha procesado a la inversa al crecer. Y es que, tal vez, los ríos que no ves son los que de verdad importan, los que permanecen y los que siempre están. Aunque ya no estén.

travelsketch: Lluís Trillo © Atelier

Trip Song

The river (Bruce Springsteen, 1980)