Yo he tenido un abuelo que llevaba boina. Fuera fiesta de guardar, día de trabajo ordinario, celebrara algo feliz o estuviera triste. Mi abuelo no asistía a grandes eventos ni recepciones oficiales, pero de haberlo hecho, segura estoy que también la habría llevado. Eran él y su boina. Siempre.

Por eso, cuando veo abuelos con boina recuerdo al mío, que nació, como yo, un 24 de septiembre, aunque 66 años antes. Llevar boina incluye automáticamente en el grupo de los que tienen mil historias que contar. Héroes callados que han sobrevivido a guerras, vivido en paz y convivido con nietos que, más que de otra generación, para ellos deben resultar de otro planeta.

Y ahí están. Con espaldas curvadas por los años. Con arrugas escritas a fuerza de trabajo y amor, desdichas y alegrías. Con miradas que más recuerdan lo pasado que esperan lo que ha de venir y, aun así, miran curiosas.

A los abuelos que llevan boina les gusta sentarse y charlar de antiguas batallas y de banalidades diarias. Del tiempo, que no perdona pero ayuda a perdonar. De la vida, que ya es mucho. Los años pasan implacables y no creo que mi hijo llegue a conocer personalmente a ningún abuelo con boina. No importa. Yo le enseñaré fotos como esta y le explicaré quién eran esos hombres que supieron saludar a la vejez con calma y con paz. En mi humilde opinión, la sabiduría se parece mucho a eso.

Abuelos al sol en Orgaz. foto: Lluís Trillo © Atelier

Abuelos al sol en Orgaz. foto: Lluís Trillo © Atelier

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Roka (Calexico, 2006)